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Helena Trujillo abre las puertas de su Noveno Cielo: poesía para vivir, recordar y transformar

Helena Trujillo

La poeta conversó sobre su último libro y sobre una manera de entender la creación que va mucho más allá de escribir versos. Memoria, deseo, compromiso social, pérdidas y libertad recorren Noveno Cielo, una obra desde la que Helena Trujillo Luque reivindica, ante todo, la necesidad de seguir viviendo y creando.

Hablar de Noveno Cielo es hablar inevitablemente de experiencias personales, pero también de asuntos que pertenecen a todos. El amor, el paso del tiempo, la amistad, la familia o la ausencia aparecen en sus páginas junto a una pregunta que atraviesa buena parte del libro: cómo seguir encontrando belleza cuando la realidad no siempre ofrece motivos para hacerlo.

¿Qué sucede cuando leemos un poema? Para Trujillo, no es imprescindible comprenderlo todo de inmediato. Leer poesía significa también escuchar a otro ser humano y concederle tiempo. A veces basta una palabra, una imagen o un verso para que algo que permanecía escondido encuentre de pronto una forma de expresarse.

En su escritura confluyen mundos distintos. El psicoanálisis, la pintura, la fotografía y el canto forman parte de su experiencia y terminan entrando, de una u otra manera, en Noveno Cielo. También están los recitales, los compañeros y las fotografías, junto con recuerdos acumulados durante años. La creación deja entonces de ser un ejercicio estrictamente solitario.

Hay, además, mucho trabajo detrás de cada poema. Trujillo se distancia de la vieja imagen romántica del poeta que espera la llegada de la inspiración. Para escribir hay que leer, trabajar y relacionarse con otros escritores. Y equivocarse. Muchas páginas no sobrevivirán al proceso y acabarán descartadas. También eso, sostiene, forma parte del aprendizaje.

La autora no pretende decirle a nadie cómo debe leer sus poemas ni qué conclusión tiene que extraer de ellos. Le basta con que ocurra algo: una alegría, una emoción, unas ganas inesperadas de escribir, de hacer una fotografía o simplemente de mirar de otra manera aquello que nos rodea.

La conversación llevó igualmente a un territorio menos poético, pero difícil de evitar: el mercado. Trujillo se sitúa a sí misma dentro de lo que llama un “proletariado poético”. Son escritores que no pueden vivir económicamente de sus versos y necesitan otra profesión para sostener su actividad literaria. En su caso es el psicoanálisis el que le permite escribir, publicar y difundir sus libros. Esa circunstancia tiene también otra cara: le concede independencia para crear sin tener que someter cada decisión a criterios comerciales.

 Después de las pérdidas, del paso de los años y de las heridas que atraviesan estas páginas, esas dos palabras se convierten casi en una respuesta. Mientras quede vida, parece decir Noveno Cielo, todavía queda algo por sentir, por mirar y por crear.

El tiempo aparece una y otra vez en Noveno Cielo. Hay relojes y calendarios, juventud y vejez, recuerdos y pérdidas. Escribir se convierte así en una forma de rescatar algo de cuanto inevitablemente desaparece. La experiencia proporciona el material, pero el poema no se limita a reproducirla: la modifica y termina convirtiéndola en otra cosa.

Algo parecido sucede con quienes ya no están. Las pérdidas tienen una presencia importante en el libro, aunque Trujillo no plantea el recuerdo como una forma de negar el duelo. Las personas desaparecen físicamente, pero quedan sus palabras, determinados gestos, lo que enseñaron y aquello que dejaron en quienes las conocieron. De algún modo, siguen formando parte de nosotros.

Pero Noveno Cielo no mira únicamente hacia el interior. En sus poemas aparecen también la pobreza, la guerra, el racismo y la desigualdad. Para Trujillo, el creador no debería permanecer indiferente ante lo que sucede a su alrededor. “El poeta es una voz del pueblo”, afirma. La frase define una posición clara: la literatura puede hablar de lo íntimo sin renunciar a señalar aquello que considera injusto.

La mujer ocupa asimismo un espacio importante en esa mirada. La poeta recuerda las dificultades que durante generaciones han acompañado a la conquista de la independencia, la educación, el trabajo o la libertad para crear. Frente a esas limitaciones, sus versos defienden algo aparentemente sencillo, aunque no siempre aceptado: continuar deseando, tomando decisiones y creando sin que la edad determine de antemano lo que una mujer puede hacer.

Y ahí aparece otro de los asuntos que más fuerza adquieren durante la conversación: la vejez. Trujillo cuestiona esos límites sociales que parecen indicar qué corresponde hacer a cada edad. El cuerpo cambia, naturalmente, pero el deseo no tiene por qué desaparecer con esos cambios. “El deseo no tiene edad”, señala. La frase sirve también para entender una parte importante del impulso vital que recorre el libro.

Incluso las redes sociales entraron en la conversación. Facebook o YouTube han abierto espacios desde los que muchas personas pueden mostrar un trabajo que antes difícilmente habría encontrado difusión. Trujillo reconoce esa posibilidad democratizadora, aunque advierte del riesgo que la acompaña: acabar modificando el propio discurso únicamente para conseguir seguidores. La libertad para mostrarse pierde parte de su sentido cuando obliga a escribir pensando antes en la reacción de los demás que en aquello que realmente se quiere decir.

Después de hablar del amor y de las ausencias, de la memoria, las injusticias, el cuerpo, las canciones y los amigos, queda una cuestión inevitable: ¿qué espera Helena Trujillo que encuentre el lector cuando abra Noveno Cielo?

No hay una respuesta cerrada. Y quizá ahí esté una de las claves. La autora no pretende decirle a nadie cómo debe leer sus poemas ni qué conclusión tiene que extraer de ellos. Le basta con que ocurra algo: una alegría, una emoción, unas ganas inesperadas de escribir, de hacer una fotografía o simplemente de mirar de otra manera aquello que nos rodea.

Quizá por eso una de las imágenes que mejor resume Noveno Cielo aparece en El reloj. El tiempo sigue avanzando, como siempre, pero frente a él hay una mujer que responde con dos palabras sencillas: “estoy viva”.

La conversación dejó así la imagen de una poeta para quien escribir no consiste en apartarse de la vida, sino precisamente en entrar más profundamente en ella. La poesía sirve para recordar, preguntar, enfrentarse a determinados prejuicios y conservar la capacidad de imaginar algo distinto.

Quizá por eso una de las imágenes que mejor resume Noveno Cielo aparece en El reloj. El tiempo sigue avanzando, como siempre, pero frente a él hay una mujer que responde con dos palabras sencillas: “estoy viva”.

No es una declaración menor. Después de las pérdidas, del paso de los años y de las heridas que atraviesan estas páginas, esas dos palabras se convierten casi en una respuesta. Mientras quede vida, parece decir Noveno Cielo, todavía queda algo por sentir, por mirar y por crear.

Y quizá esa sea también la mejor invitación a acercarse al libro: abrir Noveno Cielo, entrar en sus poemas sin prisas y descubrir qué palabra, qué recuerdo o qué imagen decide quedarse con nosotros después de cerrar sus páginas.

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